23 agosto 2017

Una serie de catastróficas desdichas (serie, Netfix)

La serie de libros de Lemony Snicket (alias de Daniel Handler) ya se tanteó con una película hace años, con Jim Carrey como principal reclamo. Ahora Netflix crea la serie, que traslada a la pequeña/media pantalla los diferentes libros originales con resultados, digamos, contradictorios.
Su estructura es limpia: cuatro historias -cuatro libros- contenidas cada una de ellas en dos capítulos. La producción es impoluta: una reconstrucción con tintes oníricos de un ambiente entre Charles Dickens y la saga de Harry Potter (serie que es prácticamente coetánea a la de Snicket, a la que se adelantó en su estreno en un par de años) con mucho de Tim Burton. Las interpretaciones son ajustadas, histriónicas e impregnadas de un humor muy británico, irónico y más latente que explosivo.
Un producto bien empaquetado, por tanto, que no obstante se desinfla a partir del segundo "ciclo".
Quizá el problema provenga de la serie literaria original (que desconozco), su reiteración argumental, el débil macguffin que suponen los padres de los huérfanos Baudelaire...  O quizá de que los ambientes "timburtonianos" saturan.
En todo caso, a los hechos empíricos me remito, el producto, en su impecable producción y humor inteligente, gusta a los niños (pongamos de diez anos para adelante) y no molesta a sus padres. Aunque termine por aburrirnos.

17 agosto 2017

La noche que cayó Pompeya

Un juego familiar que se adoba con un poquito de mala leche a la hora de jugarlo puede ser una perfecta solución para arreglar una tarde tostón, y en esa categoría entra de lleno este Pompeya ("la noche que cayó Pompeya" para los amigos).
La base es histórica, evidentemente, lo que supone ese plus que te dan algunos juegos (y que personalmente es lo que más me gusta de los "boardgames", muchas veces proponen una actividad lúdica con su parte digamos educativa y cultural). Pompeya, una próspera ciudad romana comercial, vive a la sombra del volcán Vesubio. En el año del consulado de Augusto y Vespasiano, 39 dC, se acaba la gracia: Pompeya y sus habitantes perecen bajo cenizas y lava.
No te esperes una suerte de "wargame sin guerras", una simulación sesuda... esto es un "eurogame", un juego familiar en el que el tema y la narración tienen un peso modesto frente a las mecánicas del jugar. Y esas mecánicas están bien afinadas, ¡por algo se vende como la "por fin recuperación de un clásico" en castellano...

El juego despliega un mapa de la urbe con su volcán tridimensional de cartón plastificado. Y se juega en dos etapas diferentes. En la primera el jugador va a ir colocando en la ciudad habitantes de "su familia" (esto es, peones de un color determinado), obedeciendo a una mecánica sencillita, de cartas.
Poblando Pompeya con fichitas de madera.
En la segunda etapa (o tercera, antes ya hay algún cambio, "presagios" que auguran malos tiempos...) entra en erupción el volcán merced a una carta escondida en el mazo. Cambian las reglas y empieza una suerte de carrera: hay que sacar fuera de la ciudad tantos de tus habitantes como puedas, antes de que la lava cubra Pompeya.
Estos ríos de magma los genera por turnos cada jugador (primero pone una loseta de lava en el tablero, luego mueve sus peones) y en su decisión de por dónde discurre la lava durante su turno, tratará de llevarse por delante peones de sus rivales. Aquí está la mala leche, ¡qué gustito malévolo da tirar las fichas de un rival dentro del volcán que preside el tablero!
Lava al trote y pompeyanos cocidos
Ganará la timba quien consiga sacar más ciudadanos de su bando.
Juego para 2-4 personas que funciona mejor a cuatro, que se puede jugar a partir de 10 años y con partidas de unos 45 minutos. Un juego de Klaus-Jürgen Wrede, el creador del superventas Carcassonne. Sencillo como un Aventureros al tren, pero con ese mojo-picón ya referido, la mala babilla, que seamos sinceros, entra bien si te lo tomas como un ingrediente más de la receta del juego.
Y cuanto más se juega, como debe ser con cualquier buen juego, más posibilidades tácticas le ves al asunto.
Si tienes paciencia y 20 minutos para gastar en estas cosas, aquí una gente se echa y explica una partida:

16 agosto 2017

THE JESUS AND MARY CHAIN, Damage and joy

Entre 1985 y 1988 fueron la mejor banda de rock del planeta. Una ruptura inigualada y radical (Psychocandy), un lavado de cara a la tradición (Darklands). Luego, discos notables y regulares dentro de una capacidad para escupir melodías redondas siempre.
The Jesus and Mary Chain fue el invento de dos hermanos que tras veinte años de carrera musical llegaron a odiarse y que no hicieron jamás ascos a los excesos tóxicos. La cosa acabó a hostias literalmente (sobre un escenario) y fin.
Una década más tarde, limadas asperazas fraternales y comprobado el estado de las cuentas bancarias, la Cadena vuelve a existir. Pero sin tensión.
Damage and joy es un disco correcto con un puñado de canciones buenas. Canciones que recuerdan a su legado. Así que bueno, nadie mejor que ellos para imitarse. "War on peace" tiene esa cadencia de medio tiempo venenoso corrompido en su tramo final (por un ritmo casi frenético para sus estándares); "All things pass" parece una cara B de la camada de singles de Honey's dead, disco de 1991 en el que coquetearon con los ritmos bailables; "Son for a secret" sería un timo (es, casi literalmente, su viejo single "Sometimes Always") si no fuese tan bonita, "The two of us" tiene un estribillo perfecto, y recuerda a "April Skies", por ejemplo, y en "Get on home" aparece el ruido blanco.
Falta en todo el potaje eso, precisamente: ruido y sangre, la tensión eléctrica se ha quedado prácticamente como un testigo puntual. No tengo la sensación que transmitía Darklands, aquella obra maestra que rebajó el octanaje para crear un espacio nuevo, ajeno a la distorsión loca. Más bien aquí todo me transmite que donde pudo haber sangre (muchos temas ganarían con más electricidad en Damage and joy) me han dado horchata, un disco ablandado.
Un disco ablandado, un disco-eco, pero en fin, no un mal disco. Si has sido fan (y yo he sido MUY fan) la escucha es afable, como reencontrarte con tu colega de 1º de carrera veinte años más tarde. No es lo mismo, pero aquellas juergas aún chispean en el fondo de la mirada.

27 julio 2017

"Veraneando entre tableros"

El pasado viernes tuve la oportunidad de publicar en Faro de Vigo un texto introductorio sobre los juegos de mesa, con el tema del jugar en familia, y en verano. Y atendiendo tanto a algunas novedades como a juegos que yo he jugado y de los que por tanto puedo hablar, y hasta opinar.
Con el pudor de quien se considera seguidor y curioso, además de receptivo, pero no experto en el tema, he entregado este texto:
Lo que veo claro es, a nivel gráfico, lo atractivo que queda en la página del diario un texto con este tema. Para muestra, el botón (se amplía abriendo la imagen en una nueva pestaña):


09 julio 2017

Escena final de The Apartment (1960) de Billy Wilder

Quien no haya visto El Apartamento que deje de leer esto y la busque, denodadamente, y la vea. Es un fallo de sistema en su vida, garrafal pero de fácil solución. Y aquí va de spoiler como una catedral, añado.
El caso es que ayer la emitieron en un canal local, y ha vuelto a dejarme totalmente boquiabierto. Billy Wilder firma una obra maestra de la historia del cine, no soy de usar ese latiguillo, pero si no procede en El Apartamento, entonces la frase no sirve para nada. Todo cuadra en la cinta, es una obra de clasicismo y modernidad equilibrados, tanto como lo están la comedia y el drama, su guión es superlativo, ladirección artística soberbia (el diseño de la oficina es una virguería) y se redondea con unos Jack Lemmon y Shirley MacLaine deslumbrantes, en el mejor trabajo de sus carreras.

Tras rodar Con faldas y a lo loco, entregando uno de los finales más famosos del cine, en El Apartamento, y no me acordaba (la había visto hace unos 20 años o más) vuelve a entregar un cierre absolutamente brillante. Resume lo que decía, el equilibrio entre drama y comedia, también entre la emoción y la contención. Usa unos planos modernísimos, una fotografía de campanas (menudas gamas de grises, qué contraste atmosférico logra entre la fiesta del inicio y las escenas finales en el apartamento), el montaje es una lección, la música en fin... y por supuesto exhibe a dos actores descomunales (los rostros de Shirley MacLaine expresan con una exactitud meridiana sin necesidad de verbalizar sentimientos o revelaciones) y un guión enorme (esos sentimientos, en el fondo, no son una información cerrada y son interpretables desde la mirada de cada espectador: ¿enamorada? para mí, sí, pero quién sabe cuándo ello sucede realmente, ¿en la fiesta?¿al escuchar el "disparo", al entrar en el apartamento? ¿O no es amor realmente lo que estamos presenciando?).
En fin, un tótem de película.

30 junio 2017

Strtike, ya ves tú qué bobada

Dentro de los juegos de mesa he descubierto que también se puede uno encontrar (además de con juegos complejos, esdrújulos y de partidas más largas que la proyección de Ghandi) juegos muy sencillos. Muy es MUY. Las reglas de La Oca como tesis doctorales por agravio comparativo, vamos. Juegos chorras pero que resultan juegos muy muy divertidos por su refinada mecánica.
Escribo en plural, que ocupa más caracteres, pero el caso es singular. Hablo de Strike, una chorrada como un piano de cola más divertida de lo que se puede reflejar en una entrada de blog.
Hay que jugar al juego para comprender que efectivamente, es cierto. Simple y divertido. Mucho, ambos extremos. Podría bautizarlo "efecto piedra papel tijera" si con ese juego de manos te rieses tanto como lo haces aquí.
Strike consiste en lanzar dados de uno en uno, hasta lograr que salgan caras repetidas. Los "unos" (que aquí son crucecillas) son eliminados. Los dados se arrojan a un anfiteatrillo de plástico con una base mullida que favorece el bote y rebote. Puedes intentar chocar dados. Si un dado se sale de la "arena" del mini coliseo, también es eliminado. Si no consigues caras repetidas, puedes tentar tu suerte y seguir tirando, o plantarte ante el riesgo de perder todos tus dados (y por tanto, la partida).
Se acabó, solo hay una regla más: si un jugador vacía la arena del anfiteatro llevándose dados repes o eliminando dados (imagínate, una tirada y todo cruces), el siguiente está obligado a arrojar toooodos sus dados y rezar par aeu salga alguna repetición que recuperar. Creedme, es divertido, una timba dura entre cinco y quince minutos (dependerá del número de jugadores, de dos a cinco) y se repiten partidas compulsivamente.
No es sofisticado, casi te lo puedes hacer en casa (aunque lograr el coliseo, la inclinación de sus paredes que hace fácil que los dados, al ser lanzados, se salgan y por tanto queden eliminados... bueno, será trabajoso conseguir algo así con un tazón de cereales) y sí, es una chorrada, pero divertida. Eso sí, el juego es de importación, yo lo regalé (fin de curso) vía la gran tienda de internet que todos conocéis, o se puede buscar también aquí.
El vídeo, bueno, como no encontré nada lo suficientemente breve, lo he apañado yo mismo 😊

28 junio 2017

Slowdive, de Slowdive

Tras 22 años de silencio una de las bandas más importantes del shoegazing 90's retorna. Lo hace con un disco homónimo que da pudor decirlo, pero podría ser que destrone su seminal Souvlaki del podio de mejor disco de la banda (banda referencia fundamental del género). ¿Se me están perdiendo? Shoegazing, mirazapatos por aquello de que en directo tenían que manejar una montaña de pedales de distorsión (asíq eu tocaban "mirándose los pies"), bandas que suben a las nubes a lomos de guitarras de gases más ligeros que el oxígeno, pero altamente inflamables. Ruido y melodía en suave fornicio sónico para llegar al éxtasis de la conciencia alterada sin químicas ni raíces arcanas.
 Rachel Goswell, Neil Halstead, un poco cabezas visibles del quinteto, han retomado el camino de esa música entre Cocteau Twins y The Jesus and Mary Chain, ignorando los desplazamientos hacia los lados de Pygmalion (1995) y volviendo a los bucles celestiales de guitarras distorsionadas, al folk con aires a Byrds en las melodías y dejes vocales de Halstead, a las voces seráficas en la garganta cristalina de Rachel Goswell. Alternas en "Slomo", un portal dorado a un disco que pide muchas y atentas escuchas por su producción exquisita y por sus detalles de hipnosis y éxtasis: las guitarras en bucle de "Star roving", los pianos minimalistas de "Falling Ashes", el crescendo dulce de "Sugar for the pill", la intensidad abrasadora de "Everyone knows"...
Desde M B V no había escuchado nada tan alucinante dentro del género, pero es normal, ellos (My Bloody Valentine, Slowdive) son en buena medida los creadores de ese sonido celestial y tormentoso al tiempo. No debería extrañarnos que tuvieran la llave mágica que abre las puertas a todos los soles. Slowdive, el disco, las abre de par en par. Quemaos.

15 junio 2017

Los Guardianes de la Galaxia Vol. 2

Destensemos y echémonos unas risas. En internet parece que hay que estar cabreados constantemente, unidos los unos a los otros milagrosamente, podría decirse que hemos creado un conductor universal para la descarga (electrificante) de la contractura física y mental permanente.
Va, vamos al cine, vamos a ver Los guardianes de la Galaxia vol. 2. Segunda parte de la franquicia de franquicia de franquicias, o algo así, derivada de un universo en cuatricomía y hojas grapadas, este segundo volumen podría ser un más de lo mismo (no es poco, la "uno" me parece de lo más disfrutable del Marvel Cinematic Universe) pero resulta que desde su primera escena -una pelea nivel Vengadores Reuníos vista en segundo plano mientras un Baby Groot bailotea abstraído, inocente-, algo te lo va diciendo: más de lo mismo no, mejor que la anterior.
No te preocupes, no hay spoilers aquí. ¿Qué más da el argumento? Esto es una chisporroteante Space Opera pop, de colores chillones, de personajes con los que el guión se permite profundizar un poco (poquito, estamos en modo evasión a tope encendido), de efectos especiales colosales que no difuminan una buena dirección (hay varias escenas que me han parecido chulísimas, entre lo épico y lo minimal), y oye, con un sentido del humor que me ha sacado lágrimas: citas a David Hasselfoff y a Mary Poppins, humor grueso picantón con mención a partes bajas y pezones sensibles, y mucho espíritu Marvel macarrita, de grupo bien avenido pero que anda a la gresca interna todo el santo día.
Lo dicho, no te enfades, vete al cine a echar unas risas.

26 abril 2017

LOS PLANETAS, Zona temporalmente autónoma

Cuando Enrique Morente le dijo a Jota (cantante, compositor y líder de la banda granadina Los Planetas) que su conjura flamenca tenía la predicción de las estrellas, pues el primer cantaor flamenco registrado por la bibliografía se hacía llamar “El Planeta”, la mística y casi la cábala entraron en la elipse de rotación de los autores de “Una semana en el motor de un autobús” (1998). Aunque fuera como anécdota, el dato era curioso en un grupo de “estilo indie” ―el mencionado “motor” queda como, posiblemente, el mejor disco de rock alternativo nacional― que estaba iniciando una inaudita zambullida en las estructuras y tradiciones del flamenco con “La leyenda del espacio” (2007). Si la cuarta dimensión pertenecía a Camarón por pleno derecho, Los Planetas conquistaron las otras tres. El disco, una inmensidad cuya riqueza diez años más tarde no se agota, supuso el inicio de un ciclo nuevo donde las guitaras cósmicas y las asfixias de sonido escuela My Bloody Valentine convivían con el acervo de los palos jondos.
“Una ópera egipcia” (1998), con maravillosa portada de Max, ahondaba en esta premisa pero a la larga ofrece un caleidoscopio descompensado ―aunque notable―. A mayores, un maxi con una patada a los huevos de Montoro (“El duendecillo verde”, que abre el EP “Dobles fatigas” en 2015, con frases directas como “A mí no me amenaza nadie, me cago en tu puta madre”) y poco más.
Había que volver a la mística, parece, para ver editado un nuevo disco de Los Planetas. Vale, los miembros del grupo no han parado de trabajar en proyectos paralelos (Los Evangelistas, Grupo de Expertos Sol y Nieve, Los Pilotos…), y de acuerdo, hubo vaivenes hasta un presente de total independencia que habrán retrasado las cosas (tras abandonar RCA y El Segell del Primavera, ahora crean y publican desde su propio estudio y sello, El Ejército Rojo / El Volcán Música). Pero a mí me gusta pensar, como Morente, que el destino marca las cosas en la trayectoria de Los Planetas. Han pasado siete años desde su “ópera”, el anterior largo de la banda. Y este 2017 (siete) se ha descubierto Trappist-1, estrella cercana con un sistema solar que alberga siete planetas (¡siete!) escandalosamente parecidos a la Tierra. Era evidente que tocaba movimiento importante en la banda de Granada, y así tenemos “Zona temporalmente autónoma”, su nuevo trabajo. Ole el Misterio.

Arrancar con “Islamabad” es una apuesta valiente, porque la banda ya sabía que tenía entre manos una bomba de relojería: los “viejos indies” se acercan al trap, ese movimiento lenguaraz, urbano y radicalmente joven que hibrida electrónica y hip hop. Han reconstruido un tema de Jung Beef (“Ready pa morir”) llevándolo a su terreno de sonidos líquidos. Además de un portento sonoro, con un casi imperceptible crescendo saturado de emoción,  para su versión shoegazer Jota rehace la letra. De un tema de angustia sentimental, el original, pasamos a una radiografía en primera persona sobre el mundo actual y sus convulsiones socio políticas, enfermadas por la religión, envenedada por los radicalismos (“El hombre llama Dios a todo lo que no conoce”). Ya se dice por las redes sociales que es la mejor canción de Los Planetas. Quizá, o de las mejores.
El ambiente opaco del tema impera en la primera parte de “Zona temporalmente autónoma” (ZTA a partir de ahora). El segundo corte, “Una cruz a cuestas”, retoma además los aires flamencos (que se aparcaban en "Islamabad", y en términos generales en la mayor parte de melodías del disco) y en su seno Estrella Morente aporta voces. “Soleá” y “Seguiriya de los 107 faunos” inciden en ambientes espesos, asfixia sonora y palos del flamenco (ya desde su título, claro).
Si “Una ópera egipcia” reservaba para su tramo final la zona más “Leyenda”, en su último trabajo se atreven a abrir con el pack más difícil para el oyente medio (ese que sin embargo ya ha convertido al disco enel segundo nacional más vendido de la temporada en España), un regalo, no obstante, para los que admiren esa franja de música difícil en lo sónico pero emocionalmente enaltecedora, según el patrón de “Ya no me asomo a la reja” (incluida en “La leyenda del espacio”).
A partir de entonces el trabajo melódico y sonoro se aligera sin perder tacto. La producción de ZTA es posiblemente la mejor de su carrera, cada canción ofrece un festín de detalles, reverbs, sonoridades entrelazadas de vértigo. Lo cual dice mucho de la capacidad de la banda: “Hierro y níquel” suena liviana y saltarina, “Zona autónoma permanente” o  “Espíritu olímpico”―con coros de La Bien Querida― evocan a algunas bandas de rock ochentero como The Church o The Cure, y la orfebrería de cuerdas y palmas en “Porque me lo digas tú” pespuntea una letra naive sobre el amor.

Las letras son capítulo aparte: Los Planetas han crecido como todo ser vivo, así que los que busquen más fiestas farloperas y canciones generacionales que explican las bondades psicotrópicas de ciertas sustancias pueden esperar sentados. Ahora tenemos letras para querer más a tus hijos (la preciosa y acústica “Hay una estrella”), versos tomados de la tradición y mucho contexto político. De hecho el nombre del disco ya es un préstamo de un tratado de anarquismo para el siglo XXI, de Ben Hakim (sosias de Peter Lamborn Wilson). Así que sí, lo han vuelto a hacer. Uno de sus grandes discos, otro más, y un trabajo donde no hay ruptura o salto al vacío, pero sí depuración, madurez bien entendida y excelencia. Agarra tu guitarra roja, Los Planetas vuelven con la canción protesta, pero de la buena.

23 abril 2017

¡RESCATE!, un juego colaborativo

Lo normal es pensar en el ajedrez, o el parchís. Se juega para competir y ganas sanamente. A veces no tan sanamente, va en la madurez del jugador.
Pero la moderna edad dorada de los juegos de mesa ha abierto el abanico de lo que es o puede ser un juego, hasta límites en ocasiones locos. No es nada loco sin embargo el concepto de "juego colaborativo". Se trata de jugar contra un tema-reto (una pandemia mundial, por ejemplo) y contra las mecánicas de las reglas del juego, para ganar todos o perder ante "la deriva de los acontecimientos".
¡Rescate! es un juego que los reyes magos le regalaron a mi hijo, a petición del susodicho. Quiero decir que es un juego para chavales a partir de diez años. Para uno a seis jugadores (esa es otra, sí, para jugar en solitario sin problemas). Lo cual no quiere decir que no lo disfrutes con cuarenta, no al menos en este caso.
La cuestión es que los jugadores adoptan el rol (y juegan con unos muñequitos muy logrados) de bomberos ante una casa en llamas. Mueves, haces cosas (apagas un fuego, abres un boquete en un muro para rescatar a personas...) y posteriormente con un sistema sencillo de dados, aumentas el fuego por la vivienda, que se propaga incansablemente.
Meta del juego: salvar a siete personas encerradas en la casa, antes de que esta sea arrasada por las llamas. ¡O ganamos todos o se va todo al traste!El juego tiene versión principiante y versión avanzada. A la primera puede jugar literalmente cualquiera, diría que La Oca tiene más reglas. Sin embargo es mucho más divertido que La Oca, pues conserva en su elementariedad una tensión creciente importante.
Bomberos en acción, la eficacia del trabajo en equipo.

El tablero es doble, ofrece en sus dos caras dos viviendas distintas (una mas sencillita).
Y la versión para jugadores "avanzados" es más compleja, se asigna diferentes funciones a cada jugador (conductor, experto en químicos, etc), aparecen en escena muchos más elementos (coche de bomberos, ambulancia, materiales altamente inflamables esparcidos por la casa...) y bueno, a verdad es que ayer echamos en casa una partida que... nos trituró 😅 Creo que pude mover dos veces antes de que las llamas se cargasen el edificio con todo lo que había dentro.
Bomberos de pacotilla, partida perdida.

Es lo que hay, ¡nadie dice que ser bombero es fácil o falto de peligrosidad!
¿Resumen? Muy simpático juego, que se juega en menos de una hora, ideal para evitar piques entre niños ante un tablero, aportando valores como la solidaridad, el espíritu colaborativo y el sentido espacial.
A mayores, del juego hay una expansión, "Alto riesgo", otra caja que añade más escenarios, más bomberos y reglas (supongo que más complejas).
Y bueno, cuando encuentro un youtube de una partida acelerada, de un minutillo, lo subo para que veas el percal: