01 septiembre 2010

Verano en serie

el viernes publiqué en Faro de Vigo un 'artículo de verano', sobre las teleseries en general (en el diario, claro, con otras imágenes). La pretensión, espero que evidente, era hacer una panorámica muy leve y en un tono desenfadado, de espíritu estival (aunque el verano va acabando). Os lo dejo a continuación:


Los meses veraniegos suelen ser, en materia televisiva, zona yerma y abono para repeticiones o programas ligeros de poca enjundia, pero las nuevas tecnoligías están cambiando esto.

Los tiempos están cambiando. Lo decía la canción, sí, y ahora lo corrobora la televisión por cable, el Home Cinema y los ordenadores entendidos como centros de ocio multimedia. Con el abaratamiento de las nuevas tecnologías ya es posible acercarse a lo que hasta ahora era un sueño: la televisión a la carta. Esto, necesariamente, es un reto para lo que tradicionalmente se ha entendido como “la tele de verano”. Se acabó aguantar la enésima reposición de “Verano Azul”. Olvidémonos de “Grand Prix” y derivados. Cuando comprar una temporada de una serie en DVD apenas cuesta más que una noche de fiesta (veraniega, claro), ¿por qué aguantar lo que “nos ponen”?. La respuesta de los canales generalistas es evidente, aunque tácita: no hay quien aguante la tópica tele estival, por eso puede sorprender que los canales habituales hayan apostado por emitir en prime time seriales de referencia como “Anatomía de Grey” (un culebrón hospitalario de probado éxito) o, más sorprendente aún, que se emita (y publicite con fuerza) una serie de la categoría artística de “Los Tudor” (además, en este caso, sin anuncios).
La recreación de la juventud de Enrique VIII de Inglaterra supone un toque de atención, una atrevida apuesta de “la pública” para que, un día a la semana, olvidemos que fuera existe un mundo de chirningos, fiestas, sangría y noches agradables, y nos perdamos en la historia pasional del monarca Tudor y la joven Ana Bolena, y en la telaraña de complots que se urde a su alrededor.
Pero volvamos al principio y recordemos que vivimos en el siglo XXI. Hoy el acceso a las series de ficción es un hecho. Pueden obtenerse de formas diversas y almacenarse para programar, cómoda y racionalmente, la pequeña dosis de buena tele que nos merecemos entre playa, viaje, pamping y vuelta al pueblo. Y además, la última década ha sido fuente de muchas series excelentes. Podemos veranear en la playa, pero también perdernos en los misterios sin fin de las seis temporadas de, sí, “Perdidos”, para convertir una isla paradisíaca en fuente de pesadillas irresolubles. Hablamos de la serie que más fans ha generado, así como detractores. Sin términos medios. Pero algo es innegable: las aventuras de un grupo de supervivientes de un accidente aéreo han supuesto un punto de fuga en la historia de la ficción televisiva. Nunca antes todos los medios de una gran superproducción se habían empleado en un serial catódico. Y pocas ficciones pueden durar decenas de horas y mantener hasta su último capítulo a una legión de devotos (“losties”).

Perdidos representa el éxito que han perseguido otras aventuras, como el encanto turbio de “Dexter”, un asesino en serie que trabaja con la policía y resulta un tipo encantador, entre la fragilidad impostada y la astucia letal. Se trata de una ficción, además, que no disfruta de un doblaje demasiado afortunado, así que he aquí otra buena acción veraniega: ver las aventuras psicóticas de Morgan Dexter en versión original con subtítulos.
Pero lo más fascinante de la televisión de los últimos años es que la proliferación (en Estados Unidos) de canales como HBO o Showtime ha derivado en que la televisión sepa primar la calidad a la imperiosa necesidad de gustar a todo el mundo. Puede que “Mad Men”, efectivamente, no atraiga a todos: su ritmo es lento, la acción queda congelada (hay capítulos donde, realmente, nada sucede), la premisa se aleja de las modas… pero ¿quién no evidencia la enorme calidad de las andanzas de Donald Draper y demás publicistas en la década de los sesenta? “Mad Men”, serie que retrata a un grupo de profesionales en la era Kennedy y radiografía la muerte lenta del sueño americano en el momento en que todo cambió, no entretiene tanto como enriquece. Ver esta serie es, en cierto modo, nutritivo.
Por no hablar de “The Wire”, un policíaco-verité del que existe la casi completa unanimidad respecto a su naturaleza: los avatares de la policía de Baltimore son lo mejor que ha dado la historia de la televisión nunca. ¿Distutible? En todo caso, responder a la pregunta es otro buen motivo para enriquecer este veraneo que va acabando, con horas de televisión.

Y por último, hay que mencionar a una verdadera pionera: “Los Soprano”, con sus seis temporadas, se ha mantenido en un imposible filo. Ha sido tan magnífica como las arriba citadas, pero también ha gozado del favor del público. Normal: los lances de una familia de mafiosos de clase media-alta relatadas con una socarronería inaudita tenía que terminar siendo otro referente del género negro, a la altura de “El Padrino” o “Uno de los Nuestros”.

Y es que no cabe el escándalo ante sentencias tan categóricas, pues hay que repetirlo; nunca hubo tantas y tan buenas teleseries como en este principio de siglo. Los títulos recomendables se amontonan: “Deadwood”, “Sangre fresca”, “A dos metros bajo tierra”, “Roma”… son tantas las posibilidades, que merece la pena atreverse a pasar un verano en serie.

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